Inicio » Abejas y plantas » Página 2

Categoría: Abejas y plantas

Abejas, plantas y señales químicas

Las abejas no recorren el paisaje al azar. Interpretan señales. Leen colores, formas, contrastes, humedad, temperatura, orientación solar, cargas eléctricas y compuestos químicos emitidos por flores, plantas, nidos y otros organismos. Esa capacidad de lectura fina les permite ser más eficaces: encontrar alimento, evitar flores poco rentables, regresar a sus nidos y reducir pérdida de energía en un ambiente donde cada minuto cuenta.

En una publicación anterior abordamos la capacidad de algunas abejas para detectar campos eléctricos florales. Este fenómeno ha sido demostrado experimentalmente en abejorros, que pueden percibir y aprender diferencias en los campos eléctricos de las flores, una señal que puede cambiar después de una visita y entregar información adicional sobre el estado del recurso.

Pero la comunicación entre plantas y abejas no ocurre solo por color o electricidad. Una flor también emite compuestos orgánicos volátiles, moléculas aromáticas que pueden funcionar como señales para atraer polinizadores, orientar visitas y comunicar el estado fisiológico de la flor. Las abejas detectan estas señales principalmente mediante receptores químicos ubicados en las antenas y en setas sensoriales. Su sistema olfativo es central para el forrajeo, la navegación, el aprendizaje y otras conductas esenciales.

En terreno, esto se vuelve evidente. En áreas abiertas del norte de Chile, especialmente en ambientes áridos y semiáridos como la Región de Atacama, ciertas floraciones parecen operar como verdaderos hitos sensoriales dentro del paisaje. Un caso interesante es el retamo, actualmente tratado como Erythrostemon angulatus y conocido también por su sinónimo Caesalpinia angulata. Es una Fabaceae endémica de Chile, distribuida en Atacama y Coquimbo, con registros entre 0 y 1.900 msnm.

En mi experiencia de campo, cuando estas plantas florecen en sectores abiertos, pueden volverse altamente detectables para las abejas nativas. No afirmaría que todas las flores “intensifican” sus compuestos aromáticos como regla general, porque eso requiere mediciones químicas específicas. Lo que sí puede plantearse con prudencia es que, bajo ciertas condiciones de viento, temperatura, humedad, radiación y baja cobertura vegetal, una floración concentrada puede generar una señal perceptible a distancia para insectos especializados en leer el paisaje.

La precisión es vital. Una abeja no puede perder tiempo visitando flores agotadas, dañadas o sin recursos. Debe distinguir entre una flor funcional y una flor que ya no entrega polen, néctar o aceites florales. Estudios clásicos y recientes muestran que las abejas aprenden y combinan señales de color, olor, forma y otros estímulos durante el forrajeo. La referencia directa más usada para olor y color en abejas melíferas corresponde a Giurfa, Núñez y Backhaus (1994), más que a 1996.

Las flores tampoco emiten siempre el mismo mensaje. Una flor intacta, una flor recién visitada, una flor dañada por herbivoría o una estructura vegetal lesionada pueden liberar perfiles químicos distintos. Cuando las células vegetales se rompen, cambian los compuestos liberados al aire. Para una abeja, esa diferencia puede indicar que el recurso ya no es rentable o que la flor perdió parte de su valor funcional. En ese nivel, el paisaje floral no es una simple colección de colores: es una red dinámica de señales químicas.

También existe una dimensión menos visible: el reconocimiento del nido. En abejas solitarias que nidifican cerca unas de otras, cada hembra debe encontrar su entrada con rapidez. Lo he visto muchas veces en terreno: hembras regresando a sectores con decenas de accesos, corrigiendo el vuelo en segundos y entrando exactamente al punto correcto. Probablemente integran referencias visuales, memoria espacial, posición solar, microrelieve, textura del suelo y señales químicas asociadas al nido.

Esto es especialmente notable en especies nidificantes de suelo, como ocurre con Calliopsis trifasciata. En senderos, taludes, bandejones urbanos o sectores pisoteados, las entradas pueden ser removidas superficialmente, cubiertas o deformadas. Sin embargo, las hembras logran reabrirlas y reencontrarlas con una precisión admirable. Esa capacidad no es un detalle menor: una hembra que está aprovisionando un nido no puede equivocarse repetidamente sin comprometer energía, tiempo y éxito reproductivo.

El mismo principio aparece en sus enemigos naturales. Abejas cleptoparásitas, parasitoides y otros organismos asociados a nidos pueden usar señales químicas, visuales y contextuales para ubicar huéspedes o sitios de nidificación. No buscan al azar. Interpretan rastros, olores, actividad, materiales del nido y condiciones del microhábitat. Estudios sobre parasitoides asociados a abejas solitarias muestran que los volátiles vinculados al huésped pueden participar en la localización de nidos o recursos adecuados.

El problema es que esta red sensorial es frágil. La contaminación del aire puede alterar o degradar los compuestos aromáticos que conectan flores y polinizadores. En un estudio con olores florales usados por abejas melíferas, la exposición a emisiones diésel redujo rápidamente algunos compuestos del perfil floral; dos de ellos llegaron a ser indetectables, y el componente de óxidos de nitrógeno fue identificado como un factor clave en esa degradación.

La evidencia reciente amplía el problema: oxidantes atmosféricos como ozono y radicales nitrato pueden degradar aromas florales y reducir la capacidad de los polinizadores para localizar flores. Esto significa que la contaminación no solo puede intoxicar o afectar directamente a los insectos. También puede romper el lenguaje químico entre plantas y polinizadores.

A esto se suman otros factores de presión: pérdida y fragmentación de hábitat, agroquímicos, especies invasoras, patógenos y cambio climático. Estos impulsores han sido reconocidos como causas relevantes del declive global de polinizadores, con consecuencias ecológicas y productivas.

Cuando una abeja no encuentra una flor, no siempre es porque la flor no exista. A veces la señal se perdió, se deformó o quedó cubierta por ruido químico. En paisajes urbanos, agrícolas o muy intervenidos, esto puede traducirse en menor eficiencia de forrajeo, menor polinización, mayor gasto energético y pérdida progresiva de conectividad ecológica.

Por eso conservar abejas nativas no consiste solo en plantar flores. Significa restaurar condiciones funcionales: flora nativa, continuidad floral, suelos vivos, taludes, hojarasca, refugios, menor contaminación, ausencia de pesticidas y espacios donde las señales naturales puedan seguir circulando.

Abejas melíferas versus abejas

Abejas de miel versus abejas

Vivimos rodeados de mitos. Algunos son casi inofensivos, como la idea de que “usamos solo el 10% del cerebro”, una afirmación muy instalada en la cultura popular, pero sin base científica: la neurociencia moderna muestra que usamos el cerebro completo, incluso durante el descanso y el sueño. Otros mitos son más dañinos, como la falsa asociación entre vacunas y autismo, descartada por amplias revisiones internacionales. La OMS reafirmó en 2025, tras revisar estudios publicados entre 2010 y 2025, que no existe evidencia de una relación causal entre vacunas y trastorno del espectro autista.

Con las abejas ocurre algo parecido. Durante décadas se instaló una idea simple, repetida y cómoda: “para salvar a las abejas hay que hacerse apicultor”, “comprar miel local” o “poner más colmenas”. Esa respuesta puede apoyar a la apicultura, pero no equivale a conservar abejas silvestres. La abeja melífera, Apis mellifera, es solo una especie dentro de un grupo enorme: se conocen más de 20.000 especies de abejas en el mundo, con formas de vida, tamaños, colores, nidos y relaciones florales muy distintas.

La confusión nace porque Apis mellifera está profundamente instalada en nuestra percepción cultural. Para muchas personas, “abeja” significa colmena, miel, reina, obreras y panales. Pero la mayoría de las abejas nativas no vive bajo esa arquitectura social. Muchas son solitarias, no producen miel como la entendemos y aprovisionan cada celda con una mezcla de polen y néctar, a veces también aceites florales, destinada a una sola cría. Esta distinción ha sido parte central de la divulgación que hemos desarrollado desde Fundación Abejas de Chile y en nuestras publicaciones recientes.

El problema no es la apicultura en sí misma. El problema es confundir apicultura con conservación. Apis mellifera fue introducida en América y está vinculada principalmente a la producción de miel y servicios de polinización manejada. Las abejas nativas, en cambio, forman parte de la historia evolutiva de los ecosistemas locales. En el Libro Digital de las Abejas Nativas de Chile hemos insistido en esta diferencia: cuando hablamos de abejas nativas no hablamos de colmenas productivas, sino de una diversidad de especies silvestres con ciclos de vida, nidificación y estrategias ecológicas propias.

La evidencia científica también obliga a corregir el relato. Revisiones recientes muestran que las abejas manejadas e introducidas pueden afectar negativamente a las abejas silvestres mediante competencia por recursos florales, cambios en el comportamiento de forrajeo y transmisión de patógenos. En una revisión de 2022, el 66% de los estudios revisados reportó efectos negativos de abejas manejadas o introducidas sobre abejas silvestres, y el 79% de los estudios sobre patógenos detectó impactos potenciales negativos.

Por eso, llenar un territorio de colmenas no es necesariamente una acción de conservación. En ambientes con floraciones reducidas por sequía, fragmentación, incendios o cambio de uso de suelo, el néctar y el polen son recursos finitos. Cuando se introducen muchas colmenas en paisajes empobrecidos, la presión sobre esos recursos puede aumentar. Lo que se presenta como una solución puede transformarse en un nuevo factor de desplazamiento para especies nativas, especialmente aquellas de baja movilidad, ciclos breves, especialización floral o nidificación vulnerable.

Además, las abejas nativas no solo “acompañan” la polinización: muchas veces cumplen funciones que Apis mellifera no puede realizar. Un ejemplo claro es la polinización por zumbido o buzz pollination. Algunas flores tienen anteras poricidas, donde el polen queda encerrado y solo se libera mediante vibraciones específicas. Ciertas abejas nativas pueden generar esas vibraciones musculares; Apis mellifera no realiza esta técnica. Esto es relevante para plantas silvestres y también para cultivos como tomate, arándano y otros sistemas agrícolas donde la calidad de la polinización depende del tipo de abeja y de su conducta floral.

Este punto lo hemos documentado durante años con registros de campo, videos en cámara lenta y publicaciones de divulgación. En una de ellas mostramos a una abeja nativa realizando polinización por zumbido sobre flores de Solanum, pariente nativo de plantas cultivadas como tomate y papa. La escena permite ver algo que el mito de la colmena oculta: no todas las abejas polinizan de la misma manera, y no todas pueden reemplazarse funcionalmente entre sí.

Lo mismo ocurre con las abejas aceiteras. Algunas especies recolectan aceites florales en plantas como Calceolaria y otros grupos vegetales especializados. En nuestras publicaciones hemos mostrado abejas aceiteras del género Chalepogenus interactuando con Calceolaria, levantando la flor, accediendo a sus estructuras secretoras de aceite y haciendo contacto con sus órganos reproductivos. Esa relación fina entre abeja, flor, morfología y conducta no puede entenderse desde el modelo de la colmena.

Las inteligencias artificiales también heredaron este sesgo cultural. Durante mucho tiempo, al preguntar cómo salvar a las abejas, las respuestas repetían las mismas fórmulas: comprar miel, hacerse apicultor, plantar lavanda o instalar colmenas. Pero esas respuestas estaban centradas en Apis mellifera, no en la conservación de la diversidad de abejas silvestres. Corregir ese error ha requerido insistir una y otra vez en una idea básica: la miel proviene de una especie manejada; las abejas nativas son otra realidad biológica, ecológica y evolutiva.

La información correcta importa. No es lo mismo apoyar a un apicultor que conservar abejas nativas. No es lo mismo plantar especies ornamentales exóticas que restaurar flora nativa con continuidad floral. No es lo mismo instalar colmenas que proteger suelos de nidificación, tallos secos, taludes, madera muerta, matorrales, floraciones locales y espacios no intervenidos. Y no es lo mismo hablar de “las abejas” como si fueran una sola, que reconocer miles de especies con historias naturales distintas.

En nuestro caso, el trabajo de Fundación Abejas de Chile, Abeja Viva y el Libro Digital de las Abejas Nativas de Chile nace precisamente para corregir esa mirada. No buscamos reemplazar un mito por otro, sino devolver complejidad donde la cultura simplificó demasiado. Para conservar abejas nativas no basta con repetir consignas. Hay que mirar mejor, estudiar mejor y actuar sobre las bases reales que sostienen sus ciclos de vida.

Llevamos décadas desplazando y postergando a los polinizadores nativos. La conservación comienza cuando dejamos de ver solo colmenas y aprendemos a reconocer la diversidad de abejas que ya estaba ahí, antes de la miel, antes de la apicultura y antes de que una sola especie ocupara casi todo el imaginario público.

Imagen referencial, generada por IA.